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Capítulo 9 de 11

Existencia versus no-existencia

Definimos como “no-existente” a lo que no posee masa o energía, ni muestra efectos vinculables a masa o energía.

Dios no posee masa ni energía, ni evidencia los efectos de masa o energía — Dios, de hecho, no es en modo alguno detectable o demostrable, ya sea a través de los sentidos o por medio de la racionalidad.

Entonces cuando alguien dice: “Dios existe”, lo que está diciendo en realidad es:

“Lo que existe debe ser detectable; Dios no puede ser detectable, pero Dios existe — por lo tanto lo que no existe, existe”.

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Por supuesto, la gente no crea este “universo alternativo” con el fin de invalidar la verdad dentro de nuestro universo, sino para rescatar de él a determinados errores, y llamarlos verdades.
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Si las afirmaciones válidas acerca de la realidad pueden ser infinitamente cuestionadas porque un reino imaginario llamado “error es igual a verdad” las invalida, entonces lo que realmente se está diciendo es: “ninguna afirmación positiva respecto a la verdad puede ser válida” — sin embargo, a esta altura tenemos la suficiente perspicacia filosófica como para advertir que esta misma afirmación es auto-contradictoria, ya que es una afirmación positiva considerada cierta según la cual ninguna afirmación positiva puede ser cierta.

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EL “UNIVERSO ALTERNATIVO” EN LA SOCIEDAD HUMANA

El motivo por el cual hemos pasado tanto tiempo lidiando con esta teoría del “universo alternativo” es que frecuentemente es utilizada para “justificar” los mayores males que se cometen entre nosotros.

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Los saltos más grandes en el conocimiento científico son impulsados por las llamadas “teorías unificadas”.
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El marco de CUP no sólo justifica nuestros instintos morales a nivel personal, filosófico y universal — además tiene vastas y profundas implicancias para la sociedad humana.

CUP EN ACCION

El marco de CUP valida proposiciones morales exigiendo que sean internamente coherentes y universales en términos de tiempo, lugar e individuos.

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Esto significa que un hombre no puede cambiar su naturaleza moral junto con su ropa. El acto de cambiar de vestuario no modifica la naturaleza fundamental de un individuo. Por lo tanto, la validez o invalidez de un par de normas morales antagónicas no puede depender de la ropa que uno lleva puesta.

Los soldados, por ejemplo, visten diferente del ciudadano medio. El ciudadano medio tiene prohibido asesinar; los soldados, sin embargo, no sólo tienen permitido asesinar, sino que son moralmente elogiados por asesinar.

Tomemos otro ejemplo.

Como ya hemos visto, el robo es moralmente indefendible. Lo es para todas las personas en todas las situaciones en todo momento y bajo cualquier circunstancia.

Dado que el robo es la sustracción forzosa de la propiedad de una persona, cobrar impuestos es universalmente, y siempre será, un mal moral. La recaudación impositiva es, por definición, la sustracción de la propiedad de alguien sin su consentimiento, ya que se basa en el inicio del uso de la fuerza para despojar a un hombre de su propiedad.

Lo que llamamos “el gobierno” no es más que otro ejemplo de este reino del revés en el que arriba es abajo, negro es blanco, la verdad es la mentira y el mal es el bien.

La sociedad avanza exactamente en la medida en que la razón y la evidencia impulsan el gran salto desde lo personal hacia lo universal, por sobre cualquiera de los reinos del revés que obstaculizan el camino. La ciencia progresa exactamente en la medida en que rechaza la irracionalidad de Dios y los “absolutos” subjetivos. La medicina avanza exactamente en la medida en que rechaza la eficacia de la oración y el vano ritual, y en cambio se apoya en la razón y la evidencia.

La filosofía también — y la sociedad humana en general — avanzará exactamente en la medida en que rechace la absurda “moral del círculo cuadrado” propia de las teorías éticas estatistas y religiosas.

GOBIERNO

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Si yo digo que un círculo cuadrado tiene derecho a robar, estoy diciendo, ni más ni menos, que aquello que no puede existir tiene derecho a hacer algo que contradice al derecho — una afirmación completamente absurda, pero cargada de una extraña elocuencia en el “reino del revés” de la política.

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Ciertamente, un traje militar no cambia la naturaleza de un ser humano, del mismo modo que un corte de pelo no lo convierte en un pato, un concepto, o un dios.

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“Bueno”, puede que usted responda, “pero la diferencia es que el soldado posee la legitimidad moral que le ha otorgado el ciudadano medio, en aras de la defensa colectiva”.

Esto plantea una cuestión muy interesante: ¿pueden las opiniones cambiar la realidad?

OPINIONES Y REALIDAD

Naturalmente, comprendemos que yo no puedo, a través de mi opinión, liberarlo a usted de las restricciones de la gravedad.
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Las “opiniones” son el tipo de ideas que no tienen sustento en la realidad, o que no pueden acompañarse de pruebas contundentes, o que expresan meras preferencias personales. (…) Las opiniones que pretenden ser una descripción de la realidad, pero no describen la realidad, no son más que prejuicios.
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Así pues, creer que el asesinato es un bien moral no hace del asesinato un bien moral.
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Dado que las opiniones no cambian la realidad, no es posible conceder ninguna excepción a una regla moral universal. Como las reglas morales se basan en la lógica universal, así como en la naturaleza física y la realidad del ser humano, conceder el “derecho al asesinato” tiene tanto sentido como otorgar la capacidad de levitar, de caminar sobre el agua o de afirmar, sin equivocarse, que dos más dos es igual a cinco.

GOBIERNO COMO VOLUNTARISMO

El uso de la fuerza inherente al gobierno como institución — la envoltura conceptual que invierte las reglas morales para un determinado grupo de individuos — es algo que siempre se mantiene fuera de los debates. Cuando se habla del gobierno, una sola cosa resulta inadmisible: señalar “la pistola en la habitación”. Se considera, casi por definición, que los gobiernos son elegidos por y para la gente, y que operan con su aprobación (explícita o implícita).

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Así, la gente dice que los impuestos son parte del contrato social que han aceptado voluntariamente.

Esto es a la vez lógica y empíricamente falso.

Sabemos que es empíricamente falso porque no existe dicho contrato social. Ni usted ni yo hemos firmado nunca un documento adhiriendo voluntariamente al pago del impuesto sobre la renta — simplemente hemos nacido en un sistema que toma nuestro dinero a punta de pistola.

LA PISTOLA EN LA HABITACION

A esta altura, muchas personas argumentan que el sistema tributario no se impone a la fuerza, que la gente en realidad contribuye voluntariamente. Suelen decir, por ejemplo: “Jamás he sido amenazado a punta de pistola por un policía o por un recaudador de impuestos, no obstante lo cual llevo décadas pagando impuestos”.

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Esto puede ser cierto, pero es completamente irrelevante. Si le digo a una mujer que voy a matar a sus hijos si se niega a tener relaciones sexuales conmigo, y ella accede a tenerlas, no será difícil entender la naturaleza inmoral de mi acción — a pesar de que no he utilizado ningún arma para llevarla a cabo. Es evidente que la mujer se somete a mi voluntad por temor a que yo cumpla con mis amenazas.
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Pagamos impuestos porque sabemos que, si no lo hacemos, muy probablemente seremos agredidos por los representantes del Estado. Si yo decido no pagar mis impuestos, primero recibiré una carta, luego otra carta, luego una llamada telefónica y, finalmente, una citación judicial — y si no me presento en la corte, o no pago los impuestos atrasados y las multas e intereses acumulados, vendrán agentes de policía para llevarme a la cárcel, provistos de armas de fuego y con orden de dispararme si me resisto.

Decir que una relación basada en el uso de la fuerza es igual a una relación libre y voluntaria es completamente ilógico y contradictorio. Decir que la iniciación del uso de la fuerza es exactamente igual a la no iniciación del uso de la fuerza es como decir que lo negro es blanco, que abajo es arriba o que la verdad es la mentira.

Sin el “reino del revés”, estas ficciones corruptas no pueden sostenerse.

El “reino del revés” es la guarida de la bestia.

Evidentemente, sabemos que, a nivel personal, robar está mal; nada objetamos a una prohibición lógica y abstracta del robo, tal como la hemos planteado anteriormente — aún así, convivimos con este “reino del revés” o universo alternativo, en virtud del cual dichas oposiciones pueden ser aceptadas automáticamente, sin ningún tipo de cuestionamiento ni preocupación.

De acuerdo a CUP, robar está mal, tanto para mí como para usted. Sin embargo, en este “reino del revés” no sólo está permitido, sino que, de algún modo, es moralmente intachable — y hasta necesario — que otros roben. Nosotros no debemos robar — ellos deben robar. ¡Es locura moral!

POLICIAS

Apartemos a nuestro buen amigo Bob de su pequeña habitación destinada al ensayo de teorías morales, y reincorporémoslo a su antiguo trabajo de policía.

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Por la mañana, cuando Bob se despierta, no puede asaltar a su vecino y quitarle su dinero. En su camino al trabajo — si bien lleva puesto el uniforme reglamentario — todavía no ha fichado, así que no tiene más derechos que cualquier otro ciudadano. Sin embargo, en el momento de fichar, como si descendiera del mismo cielo una columna de fuego amoral, Bob adquiere la asombrosa facultad de atacar a sus vecinos con plena legitimidad moral.

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Él es absoluta, total y completamente el mismo individuo que antes de haber fichado — sin embargo, ahora está sujeto a reglas morales completamente opuestas.

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Se nos dice que “deseamos” que Bob tome nuestro dinero — lo cual contradice ostensiblemente el hecho de que Bob se nos presenta con un arma cargada y apuntándonos a la cara. Según esta lógica, yo puedo recorrer las calles asaltando a todos mis vecinos y, al ser arrestado, mostrarme totalmente sorprendido:

“¡Ellos quieren que yo tome su dinero!”

“Pero entonces, ¿por qué los amenazaba con dispararles si no le entregaban el dinero?”

“¡Porque me lo deben!”

“¿No dijo usted que ellos querían darle el dinero?”

“No, no… ellos me lo deben. ¡En realidad es mi dinero!”

“¿A cuenta de qué le deben ese dinero?”

“¡Tenemos un contrato!”

“¿Me puede mostrar ese contrato?; ¿lo han firmado todos voluntariamente?”

“¡No es ese tipo de contrato! Es un… contrato social. Y además, según mi contrato social, de todas formas, yo soy el dueño de estas calles — ¡de todo el vecindario, maldita sea! Los que se niegan a pagarme pueden mudarse a otra parte — ¡no estoy obligando a nadie!”

Esto es algo tan absolutamente vil, deshonesto y disparatado como decirle a una mujer, mientras la estoy violando, que ella quiere tener sexo conmigo.
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Ah, pero en el “reino del revés” del gobierno violar es hacer el amor, secuestrar es invitar, oponerse al robo es vil egoísmo, apelar a la coacción es prueba de benevolencia, etc.

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ASPECTOS PRACTICOS

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Si los representantes del gobierno afirman que un contrato social les permite obligar a una población “poco práctica” a comportarse de manera “más práctica”, se crea una contradicción insalvable.

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Si un hombre de inteligencia extraordinariamente escasa no es capaz de entender el concepto de “salud”, ¿es razonable esperar que este hombre elija bien a su médico personal? Para que la elección de un médico sea racional, es necesario entender los conceptos de salud, eficacia, costo, profesionalidad, etc.

De la misma manera, si no permito que una mujer decida con quién se va a casar, es porque no la creo capaz de discernir las cualidades que hacen a un buen marido — pero si ella no es capaz de elegir a un buen marido, tampoco es capaz de delegar esa elección en mí, ya que no tendrá manera de evaluar mi criterio al respecto.­­

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O soy capaz de tomar decisiones acertadas, o no lo soy. Si soy capaz de tomar decisiones acertadas, no tiene ningún sentido someterme a la coacción de por vida. Si no soy capaz de tomar decisiones acertadas, mi decisión de someterme a la coacción de por vida también carece de sentido.

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Ciertamente, yo no puedo firmar en su nombre, sin su consentimiento, un contrato vinculante de por vida, o en nombre de mis hijos un contrato que los vincule a ellos de por vida. No puedo comprar un coche, enviarle a usted la factura y legítimamente exigirle que la pague. Si yo puedo reivindicar la facultad de imponerle a usted mis contratos unilaterales, CUP le otorga a usted también la facultad de responderme con su propio contrato unilateral firmado en mi nombre.

De este modo, aún si decido pagar voluntariamente mis impuestos, no puedo en justicia imponerle dicha opción a usted, ya que un contrato voluntario es una mera preferencia personal, y como tal no puede ser universalmente exigida por medio de la fuerza.

¿ES NECESARIO EL ESTADO?

Toda esta cuestión se vuelve aún más absurda cuando nos fijamos en la más común de las “justificaciones” morales para el poder de los gobiernos democráticos: que este se basa en “la voluntad de la mayoría”.

En primer lugar, “la voluntad” es un atributo individual, mientras que “la mayoría” es una etiqueta conceptual aplicada a un grupo.
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La única justificación posible para la existencia del Estado sería que la mayoría de los hombres fueran malvados, pero que todo el poder del Estado estuviera siempre controlado por una minoría de hombres buenos.

Esta situación, aunque interesante en teoría, no se sostiene lógicamente por los siguientes motivos:

1. Los hombres malvados, siendo mayoría, rápidamente obtendrían más poder al votar en contra de la minoría, o llegarían al poder a través de un golpe;
2. No hay forma de asegurar que sólo la gente buena esté siempre a cargo del Estado;
3. No hay absolutamente ningún ejemplo de semejante situación en los oscuros anales de la brutal historia del Estado.

Al defender al Estado, invariablemente se comete el error de imaginar que todo juicio moral colectivo aplicado a cualquier grupo de individuos no se aplica al subgrupo de individuos que gobiernan. Si en una determinada sociedad el 50% de los ciudadanos son malvados, entonces al menos el 50% de los ciudadanos que gobiernan en esa sociedad serán, asimismo, malvados (y probablemente muchos más, ya que las malas personas suelen verse atraídas por el poder). Por lo tanto, la existencia del mal nunca puede justificar la existencia del Estado.

Si no hay mal, el Estado es innecesario. Si el mal existe, el Estado es demasiado peligroso para consentir su existencia.

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Las instituciones sociales sólo pueden llegar a convertirse en monopolios violentos transfiriendo los gastos operativos de tal proceso a sus víctimas. Los gobiernos se expanden indefinidamente porque pueden pagar a los recaudadores de impuestos con una parte de los impuestos que recaudan. Los esclavos se ven, así, obligados a pagar el costo de su propia esclavitud.

En una sociedad voluntaria no habría impuestos; por lo tanto, cualquier grupo deseoso de obtener un poder monopólico tendría que financiar su propio ejército, algo que no sería económicamente viable.

Es muy difícil entender la lógica del argumento según el cual, con el fin de protegernos de un grupo que puede llegar a dominarnos, debemos apoyar a un grupo que ya nos ha dominado — que los ciudadanos deben crear y mantener un monopolio estatal para impedir el establecimiento de monopolios. No hace falta ser muy perspicaz para reconocer la insensatez de semejante propuesta.

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LOS GOBIERNOS Y LA RELIGION

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Para que la esclavitud sirva de manera eficiente a los explotadores, es necesario que los esclavos la vean como a una institución virtuosa; esto reduce notablemente el costo de controlar a los esclavos. Si yo lograra convencerlo de que es inmoral negarse a servirme, y moralmente loable ser mi esclavo, no necesitaría contratar a un gran número de matones para robarle, intimidarlo y mantenerlo bajo control.

Las mitologías de la religión y del Estado son ficciones que reducen fabulosamente el costo de controlar a poblaciones humanas.
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La triste realidad es que el común de la gente ha sido esclavizada por entidades ficticias tales como naciones, dioses, culturas — y gobiernos.

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Nuestro afán de ser buenas personas — combinado con la ilusión de virtud que resulta de obedecer a las mitologías morales — nos mantiene muy bien dispuestos a entregar nuestros recursos a quienes dicen representar a esas mitologías.

Una de las principales razones por las que sabemos que los gobiernos y los dioses son innecesarios, es su tremenda eficacia. Sabemos que la mayoría de los seres humanos tienen un ferviente deseo de ser buenos por lo fácil que resulta controlarlos valiéndose de teorías morales.

(…)

IMPUESTOS

Me dicen que, por haber elegido vivir en Canadá, le debo a “el gobierno” más del 50% de mis ingresos.

Despojado de mitología, ¿qué significa esto?

En realidad, puedo esperar hasta el final de los tiempos a que “el gobierno” venga a recoger su dinero. Esperar a que “el gobierno” pase por mi casa tiene tanto sentido como proponerle una cita al concepto de “femineidad”. En la misma línea, yo podría intentar pagar mi cena con la palabra “dinero”.

En realidad, cuando me dicen que debo pagar mis impuestos a “el gobierno”, lo que esto significa es que tengo que escribir un cheque para transferir mi dinero a una determinada cuenta bancaria, a la que tienen acceso personas concretas. Estas personas tienen derecho a tomar ese dinero y gastarlo como les parezca — estas personas ejercen, entonces, un control absoluto sobre mi dinero.

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Normalmente, cuando un hombre armado viene a mi casa y exige que le entregue mi dinero, tengo derecho a usar la fuerza para defenderme. En este caso, sin embargo, como el sujeto lleva puesto un disfraz y dice representar a una entidad ficticia, no se me permite usar la fuerza para defenderme. (…) Y debo cumplir con sus exigencias, porque de lo contrario él tiene permitido apuntarme al pecho con su pistola, secuestrarme — o bien dispararme si me resisto — y mantenerme encerrado en una pequeñísima celda, donde seré sometido a toda clase de brutalidades durante años, incluyendo violaciones reiteradas.

Curiosamente, si un hombre me debe una suma de dinero que puedo legítimamente reclamarle, yo no tengo permitido secuestrarlo y torturarlo.

Así, la recaudación de impuestos viola ostensible y categóricamente el marco de CUP, pues constituye una transferencia violenta de propiedad por medio del inicio de la fuerza.

Robar, como ya hemos demostrado, es inmoral.

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GOBIERNO, RELIGION Y CUP

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La proposición más frecuentemente utilizada para justificar el poder del gobierno es: “el gobierno tiene derecho a tomar su dinero”. Este enunciado, sin embargo, es totalmente impreciso y falso. “El gobierno” no tiene derecho a tomar su dinero, ya que “el gobierno” no es más que un concepto, una descripción abstracta de un grupo de personas que así se auto-definen. CUP requiere un enunciado más coherente y objetivo. Dado que las reglas morales deben ser iguales para todos en todas partes y en todo momento, debemos reformular la norma de la siguiente manera:

“Los seres humanos pueden en justicia tomar el dinero de otros seres humanos, siempre y cuando inventen una entidad conceptual que legitime sus actos”.

(…)

Si es moralmente aceptable inventar obligaciones e imponérselas a otros, pero es imposible hacerlo si todo el mundo posee dicha facultad, entonces obrar moralmente se torna imposible bajo tal supuesto. Observemos nuevamente a Bob y a Doug en la habitación de los experimentos morales: la única manera de que Bob se salga con la suya inventando una obligación e imponiéndosela a Doug, es que Doug renuncie a imponer sus propias obligaciones imaginarias — tenemos entonces la siguiente situación: lo que es moralmente válido para una persona sólo puede lograrse a partir de un acto inmoral de otra persona. La virtud, por lo tanto, sólo puede ser habilitada por el vicio, lo que no es posible — y tenemos reglas morales opuestas para dos seres humanos en igual circunstancia, algo que es instantáneamente reconocido como inválido e impugnado por CUP.

En otras palabras, cada justificación imaginaria del uso de la fuerza puede ser contrarrestada por otra justificación imaginaria del uso de la fuerza.
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RELIGION Y CUP

Lo mismo puede decirse de la religión.

El enunciado: “Usted me tiene que obedecer porque Dios así lo ha dispuesto”, debe ser reformulado con mayor precisión: “Una entidad que yo he inventado ha dispuesto que usted me obedezca”. En este caso, el principio requerido por CUP es el siguiente: “Los seres humanos deben imponerle a otros seres humanos obligaciones positivas que estos últimos no han escogido, y justificar dichas obligaciones apelando a la voluntad de entidades imaginarias”.

Observando a Bob y a Doug en su pequeña habitación, muy pronto descubrimos que se trata de una proposición imposible. Bob le dice a Doug: “Usted tiene que darme su encendedor, porque mi amigo imaginario se lo ordena”. A lo cual Doug, naturalmente, responde: “Usted no debe pedirme el encendedor, porque mi amigo imaginario se lo prohíbe”. Si los “mandatos” de Bob son válidos, los de Doug también lo son, de modo que se anulan entre sí.

(…)

CUP Y “LA MAYORIA”

(…)

Regresemos por última vez a la habitación de Bob y Doug, e introduzcamos a “Jane”.

Ahora que hay tres personas en la habitación, podemos atender al principio del “gobierno de la mayoría”.

Si Bob, Doug y Jane decidieran por votación si violar a Jane es algo moralmente aceptable o no, la evidente inmoralidad e injusticia de semejante iniciativa nos haría retroceder espantados. Sin lugar a dudas, aún si el voto negativo de Jane fuera superado por el de “la mayoría”, no pasaríamos a considerar a la violación resultante como un acto moralmente aceptable.

¿Por qué no?

Bueno, CUP no reconoce a las agrupaciones como entidades reales. La “mayoría” es una mera etiqueta conceptual; no existe en la realidad, no más que los “dioses” o los “gobiernos”. Por lo tanto, afirmar que el concepto de “la mayoría” tiene algún tipo de cualidad o facultad moral es totalmente inválido — es como decir que “la Patria” puede quedar embarazada, o que uno puede sentarse en la palabra “silla”.

Decir que “la mayoría” tiene derechos o atributos que se oponen a los derechos o atributos de cualquier individuo también contradice los principios racionales, dado que los grupos conceptuales sólo pueden validarse identificando con precisión las características individuales de sus integrantes. Si digo que los “mamíferos” son seres vivos de sangre caliente, ¿puedo incluir a tres flamencos de plástico en la categoría de “mamífero” sin faltar a la lógica?

Por supuesto que no.

Si está mal que los seres humanos violen, ¿puedo crear una categoría denominada “la mayoría” y luego, sin faltar a la lógica, decir que está bien que estos seres humanos violen?

Por supuesto que no.

REGLA DE LA MAYORIA

(…)

Sólo los individuos actúan — la “mayoría” no actúa. Si las reglas morales pueden modificarse cuando un cierto número de personas se juntan, entonces CUP es vulnerada continuamente.

Si es moralmente válido que Bob y Doug violen a Jane porque ellos “tienen la mayoría”, ¿qué pasa cuando llegan dos amigos de Jane y votan en contra de Bob y Doug?

Bueno, de pronto los votos de Bob y Doug son superados por los votos de “la mayoría”, y violar se convierte, otra vez, en un acto inmoral.

Nada sustancial ha cambiado en estas votaciones, no obstante lo cual tenemos una serie de normas morales opuestas para los mismos hombres — algo que transgrede la CUP, y por ende no es válido.

Violar no puede estar bien, después mal y después nuevamente bien, sólo porque algunas manos bajan o suben.

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